Entra en vigor el Protocolo de Kioto

El Protocolo de Kyoto, uno de los instrumentos básicos de estrategia de lucha contra el cambio climático y calentamiento global a través del objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que están provocando en la Tierra el cambio climático entro en vigor el 21 de febrero de 2005. . El Protocolo de Kyoto obliga a sus firmantes a reducir, entre los años 2008 y 2012, en un 5,2% respecto a los niveles de 1990 las emisiones a la atmósfera de los gases que provocan el efecto invernadero: el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso, el hidrofluocarbono, el perfluorocarbono y el hexafluorocarbono de azufre. Los expertos vaticinan que reduciendo la emisión de estos gases quedará controlado, al menos en parte, el impacto del agente más directamente implicado en el calentamiento global del planeta. Un calentamiento que, según los expertos, ya está teniendo efectos muy negativos en la Tierra, y que empeora con el paso de los años, mientras los gases siguen contaminando la atmósfera. Los glaciares se deshielan, hay animales que cambian de hábitos, aumentan las sequías, los huracanes... Una situación que, según la ONU, es "urgente y prioritaria". Los gases contaminantes se acumulan en multitud de ciudades, entre otras Londres. Sin embargo, el éxito del Protocolo será relativo, puesto que Estados Unidos -país que emite casi el 25% de los gases contaminantes del planeta- persiste en la negativa a ratificarlo. Entre los que sí se someterán a los dictados de Kyoto están los 25 miembros de la UE, China y Rusia, cuya adhesión el pasado mes de noviembre desencadenó la entrada en vigor del protocolo. Otros países en desarrollo, como La India o China, no están obligados a reducir emisiones, pero se han comprometido con el Protocolo. Según Kyoto, cada uno de los países firmantes debe alcanzar un objetivo distinto. A la UE le corresponde una reducción del 8% -a los 15 países miembros antes del 1 de mayo de 2004- y, según el reparto interno de cuotas entre los socios, España puede aumentar sus emisiones un 15% respecto lo que emitía en el año 1990. Pero los números están muy lejos de la realidad. En la actualidad, nuestro país supera ya en un 40% las emisiones que producía hace 15 años y el propio Ministerio de Medio Ambiente ha advertido de las graves consecuencias que tendrá el cambio climático en la Península. Una de las características más criticadas de este Protocolo es que los países pueden comprar o vender su cuota de emisión de gases, lo que les permitirá vender sus excendentes si consiguen reducir más de lo que tienen comprometido, o comprar a terceros emisiones si los sobrepasan. Para llegar hasta aquí, el Protocolo, negociado en 1997 en la ciudad japonesa de Kyoto, ha tropezado con numerosos obstáculos, el más grande en la primavera de 2001, cuando el nuevo presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció que su país no ratificaría el instrumento por el bien de la competitividad de sus empresas. A ello se sumó la accidentada decena de 'Conferencias de las Partes' donde los países debieron acordar reglas concretas para reducir efectivamente las emisiones de gases, y el varapalo australiano, que anunció que tampoco ratificaría el compromiso. Ello dejaba la viabilidad de Kyoto en manos de Rusia, puesto que el propio Protocolo señalaba que sólo entraría en vigor una vez ratificado por 55 países que supongan el 55% de las emisiones contaminantes. Tras muchas dudas y no pocos amagos -y tras un intenso trabajo de 'lobby' por parte de la UE- Rusia ratificó el Protocolo el 18 de noviembre de 2004. Noventa días después, el complejo instrumento entró en vigor. No obstante, como ha advertido la propia UE, el nacimiento de Kyoto es sólo el primer paso y su entrada en vigor no garantiza su cumplimiento. Entre los grandes retos, los gigantes como China o India, que han ratificado el Protocolo pero que de momento, como países emergentes, no están obligados a reducir emisiones y pueden seguir aumentándolas en línea con su desarrollo económico.
     
   
 

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